La historia de Soledad, Carlos y Facundo. Tres chicos en busca de su lugar en el mundo

domingo, 26 de enero de 2014

1.9 Perdón

Que suerte que era domingo y entraba poca gente. Pasaba los renglones sin leer. ¿Qué me estaba pasando? Los apuntes me miraban cagándose de risa. ¡Tenía tantas cosas en la cabeza! Por eso no presté atención a donde iba Rosa cuando me avisó que salía, ni tampoco escuché cuando alguien entró al local.
- Hola.- escuché de pronto. Saqué la vista de mi libro y vi una margarita sobre el mostrador. Carlos estaba parado frente a mi.
- Hola. - dije con un poco de temor. Esos ojos podían incomodar a cualquiera.
- Quería pedirte disculpas. - dijo notoriamente nervioso e hizo una pausa. Yo no respondí, estaba hipnotizada. - Por lo del viernes, - continuó. - Vine ayer pero Rosa me dijo que era tu día franco, asique volví hoy.
- Está bien.- respondí temblorosa. ¿Acaso me daba miedo? No, solo no podía olvidar sus ojos endiablados mirándome a la salida del boliche. ¡Cuánto me costó convencer a Romina de que no debía preocuparse!
- No, no está bien. - Subrayó. - Me desubiqué, lo reconozco. Te hice pasar un mal momento. Por favor, aceptala.
Fue entonces cuando vi su sonrisa. Pude ver lo hermoso que era, y no solo a causa de sus ojos, sino todo...entero. ¿Que era lo que lo hacía convertirse en aquel ser tan terrorífico?
- Gracias. - dije colocando la flor como señalador en mi libro. - Va a ayudarme a estudiar. - respondí con una sonrisa.
-¿Qué estudias?
- Estoy en tercer año de Filosofía y letras, me la paso leyendo.
- Debes ser muy inteligente, entonces.
- No, solo hago lo que me gusta.
- ¿Me perdonás entonces?
- Si, seguro. - respondí sincera y creo que Carlos lo notó.
- Gracias. No te molesto más, tenés mucho que leer y estás laburando. - dijo alejándose hacia la puerta. 
- Hasta luego. - saludé
Carlos salió del negocio y yo quedé embobada mirando la puerta. ¡Qué idiota! 
De pronto, lo vi volver a entrar de un salto.
- Disculpame. - dijo agitado. - me olvidé de algo.
Lo miré fijamente. ¿Qué quería?
- ¿Cómo te llamas?
- Soledad.
- Ahora si entonces, chau Sole!
Y se fue. ¿Cómo iba a hacer para estudiar? Ahora ya no miraba los renglones sin leer, solo me dedicaba a mirar la margarita.