La historia de Soledad, Carlos y Facundo. Tres chicos en busca de su lugar en el mundo

lunes, 1 de julio de 2013

1.1 Ojos Celestes

Salí de mi casa apurada, no quería llegar tarde. Trataba de pensar en otra cosa para distraerme, pero a pesar de que era primavera, el cuerpo me temblaba. Sabía que este nuevo trabajo me caía como anillo al dedo, y tendría que cuidarlo. Rosa fue muy buena en pensar en mi para reemplazar a su hija en el negocio. "Siempre me acuerdo del día en que naciste", me repite mientras hace un ademán.
- ¡Buen día Sole! - me recibió Rosa dando una vuelta al rededor del mostrador. - ¡Bienvenida al kiosco! Estoy muy contenta de que hayas aceptado!
- Y yo más... - agregó Patricia saliendo del cuartito del fondo, donde estaba el baño.
- Hola! Pensé que ya te habías ido. - dije timida.
- No, me voy el jueves. Todavía tengo que hacer trámites por el pasaporte. Y quiero asegurarme de que mi mamá se quede bien acompañada. - respondió con una sonrisa muy amplia. - ¿Estás segura Sole que te interesa el trabajo?
- ¡Muy! - respondí sin pensarlo. Y era verdad. - Necesito la plata. El horario me deja cursar todas las materias en la facu y como vivo tan cerca no tengo ni viáticos ni tiempo de viaje. Además Rosa me dijo que cuando no haya gente puedo aprovechar para estudiar. ¿Qué más voy a pedir?
Rosa y Patricia se miraron en complicidad. Sabían que habían elegido bien.

El primer día de trabajo fue un poco complicado, me cuesta memorizar los precios y la ubicación de las cosas. Si bien el negocio de Rosa vende mayormente productos de kiosco, también tiene cosas de librería y regalería.
Los clientes son en su mayoría vecinos del barrio, lo cual es una ventaja porque me conocen. Pero otros están solo de paso. Eso será divertido.
- Bueno Sole, ya es tarde.¿Que te parece ir cerrando? - dijo Rosa cuando ya era de noche. - Vení que te enseño a poner la reja y la alarma.
Dejé lo que estaba acomodando y salí para mirar desde afuera el mecanismo. En ese momento, alguien entró a comprar e interrumpió la clase.
- Buenas Doña Rosa! ¿Me vende puchos? - dijo.
- Ah, Carlitos. ¿Los de siempre? - Contestó Rosa mientras volvía al mostrador. - Sole, ¿me alcanzas del estante aquel las cajas rojas de diez?
- Si. - dije mientras automatizaba mis movimientos para acostumbrarme a las dimensiones no muy grandes del local. Tomé las cajas rojas y las apoyé en el mostrador. Pero sentí una mirada muy intensa sobre mi cuerpo y levanté la vista. Era un hombre de unos veintipico, no muy alto, de tes blanca y pelo muy oscuro. Estaba vestido con un jean roto y un buzo color verde claro. Llevaba una barba de varios días sin afeitar que quedaba perfecta con sus ojos celestes, casi turquesa.
- Gracias linda, acá tiene la plata Doña Rosa. Hasta mañana. - dijo Carlos mientras agarraba las cajas y salía del negocio pero sin apartar su mirada de la mia.
- Es Carlitos. Vive acá al lado.
¿Lo habría visto ya alguna vez?
- Es buen chico, pero tiene muchos problemas pobrecito.
Rosa volvió a salir para poner la reja. La seguí tratando de concentrarme en la explicación y sacar de mis pensamientos esos ojos del color del cielo mismo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario